Laura Moya

nuestra más joven socia, nos hace llegar su último artículo: \"...Si al que a este lugar llegó...\".

Laura nació en Sevilla, en 1975, y se unió a nuestra Asociación el pasado año. Esta es su primera colaboración a nuestra página.

 

... Si el que a este lugar llegó 
sin dar limosna se va 
sin duda no reparó 
que es mi Madre a quien la da 
y quien la pide soy Yo.


Venía soñando desde Sevilla con verla. Sacrifiqué horas de estancia en la Tacita por encontrarme con aquella puerta abierta. Convencí a mi compañía, una amiga que vino de fuera siguiéndole los pasos a La Pepa, de que el mejor día para ir a Cádiz era el Domingo (aunque nos encontráramos con media ciudad cerrada y la otra media sin abrir), y de que aquella recóndita iglesia, que no conocía, tenía la fama de ser uno de los monumentos más bonitos de Cádiz, y por tanto había que ir a visitarla. ...Y a todo aquel al que paraba para preguntarle por alguna calle, por alguna plaza o algún monumento, le terminaba espetando:\"Y de ahí se puede ir andando luego hasta la calle Sagasta, ¿verdad?\"

Y es que, aunque fue mi tierra, Sevilla, la que por vez primera la llamó Pastora, y la vistió como tal, a Cádiz le cabe la gloria de haber sido la primera que la supo reconocer anfitriona de la dulzura. La primera, hablando en prosa, que edificó una casa para Ella bajo la dulce advocación de Pastora de Almas. Y eso, es digno de conocer para quien intenta llamarse \"aprendiz de pastoreño/a\". 


Eran casi las seis de la tarde cuando divisé desde Tavira los destellos de una cúpula cubierta de cerámica azul. Pocos minutos antes, utilizando un artilugio extraño que a fuerza de contraponer espejos y luces dibuja en una tela redonda el alma y el cuerpo de la ciudad entera, con su ropa tendida meciéndose al viento, sus gaviotas, y la tenue algarabía de su paisanaje dominical, una cicerone nos había paseado virtualmente por casi todo Cádiz, poniéndole nombre a cada barrio, a cada torre, a cada calle, a cada iglesia... También a la suya. 

Apareció entonces a mis ojos, en la azotea de aquel mirador, como un pequeño joyero con forma de cáliz volcado, como si su corazón de azulejo y piedra fuera capaz de presentir que es una flor lo que dentro de ella se alberga. Tal que otra Bella Escondida, que en vez de otear Cádiz desde el cielo, se asomara al Cielo desde el Barrio La Viña. 


Luego de bajar de Tavira, me desvié un tanto para ver la Plaza de las Flores, y con la esperanza de encontrar en alguna barraca, tal como me había aconsejado la cicerone de la cámara oscura (qué verdad más grande lo de que preguntando se llega a Roma), un carrete de fotografías. 


Cádiz es mucho Cádiz... Cada rincón es un guiño a la gracia más andaluza, aunque no venga en la guía de monumentos que reparten a los turistas en la Plaza de San Juan de Dios; cada calleja, rematada por la claridad salina del mar, se te mete en la retina y en el pensamiento; cada balconada es digna de ser inmortalizada no ya por una foto de tercera categoría, como las que suelo tomar con mi desvencijada Konica, sino por el mejor de los pinceles; una simple casapuerta se convierte en el más recalcitrantemente hermoso de los monumentos cuando el sol juega a hacerle la corte a su favorita Gades, y Cádiz, voluptuosa, le corresponde regalándole mil y un tonos de blanco. 

... Y yo, entre pitos y flautas, casi sin darme cuenta, había llegado a la última y la más ansiada de mis paradas en la trimilenaria sin apenas una foto que echar, quemado ya el segundo carrete que, por la mañana, al llegar, compré a los pies de la Catedral, en el Bazar Yupi. 


Después de encontrar la susodicha barraca, con carrete incluído, de tomar un leve tentempié en la heladería de la esquinita de Columela, y de adecentarme un poco, pues la brisa gaditana había hecho de las suyas con mi pelo, y después de todo el día de paseos y paradas a pie de calle, a eso de casi las siete de la tarde, estaba que parecía que venía de la guerra, me puse -nos pusimos mi amiga y yo- en camino hacia la calle Sagasta: ella -que no es pastoreña- detrás... yo, delante, nerviosa, alborozada, casi volando por las calles a paso de crucero, deseando de llegar y contando las calles para no perderme, según la explicación que un viejo gaditano me había dado en el velador de la heladería: \"Coge por Sacramento y cuenta la quinta calle de las que salen por la derecha. La quinta, la coges para abajo, y al fondo te encuentras la iglesia de la Pastora\"

No me perdí. Pasé por San Lorenzo, y seguí de largo hasta el final de la calle, donde ya se puede atisbar el mar, porque huele a sal y a brisa. Al llegar al número noventa y dos, supe que había llegado a mi destino. No había más en la calle, así que debía ser aquello lo que tanto andaba buscando. 


En la entrada colgaba un letrero que decía \"CERRADO\", pero la puerta estaba abierta, y era horario de rezo y visita, así que no me quedé asomada a la ventanita de cristal... Entré, la miré lo más cerca que pude y que me dejó aquel asombro respetuoso que me embargaba desde los ojos a la punta de los dedos de los pies. 

En tanto en cuanto entramos, un señor con barba blanca, que luego me enteré que era Don José, el párroco, salió a nuestro encuentro, mostrándonos la iglesia entera con todo lujo de detalles y de historias. 


Nos enseñó el Simpecado, dechado orgulloso de destellos de platería, que conoció tiempos de mayor esplendor, cuando la Virgen salía cada año a pastorear su redil gaditano por las calles de su barrio, y que dicen -y con razón- que es pieza inigualable en toda su historia (y lo que le queda). La capilla sacramental, con la pequeña Pastorcita vestida de napolitana, resguardada dentro de una urna de cristal. El Cristo genovés, muy antiguo... arqueado el cuerpo herido e hiriente de dolor. San Cristóbal con el Niño y la bola del Mundo, y a su lado San Sebastián. El retablo mayor, todo oro, ángeles y filigrana dieciochesca de Montes de Oca, que lo que hacía, lo solía hacer \"de monumento -nunca mejor dicho- p\'arriba\"... Y en el retablo, su camarín. Y en su camarín... Ella. 


No tenía puesto sombrero ni mantilla. Su misma cabellera le adornaba el rostro dulce, así como la pintara Tovar y como, dicen, la vio entre sueños Fray Isidoro. La saya rosa. El manto, terciado, azul. Sus manos... ¡ay sus manos!: flor de caricia una; y la otra, leve ronda de dulzura, sosteniendo suavemente, muy suavemente, un cayado entre un ramo de flores. 

En su mirada baja de Niña Madre, sencilla y tierna, parecía recoger, no sé por qué misterioso encanto, las súplicas y alegrías y la vida diaria de cada alma, de cada corazón que llega buscando su consuelo. 

Al mirarla, podría juraros que fue toda Cádiz... la Cádiz a la que había entrado por Puerta de Tierra, la que había oteado desde Tavira, por la que había paseado durante todo el día, empapándome de cada detalle, la de las balconadas blancas y la claridad salina al fondo de las calles; la de la Catedral, tesoro de oro y blanco imponentemente erguido frente al azul del mar, y la de la Alameda Apodaca; la de la Pepa y la Plaza de España; la de interminables paredes de piedra ostionera, ciento y pico de recoletos miradores coqueteando en el cielo y balcones blancos cuajados de flores... Cádiz entera... la que aparecía de nuevo ante mis ojos, reflejada en aquel rostro de Madre, sencillo, cautivador... Incluso el árbol que le daba cobijo era igual que aquellos árboles que había visto salpicar cada calle, cada plaza, cuajados de flores violetas. 

El Pastorcito estaba abajo, justamente debajo del camarín de su madre. 


Tomé algunas fotografías, aun a sabiendas de que no saldrían demasiado bien. 


Luego, apagué la cámara... y encendí los ojos, para que fueran ellos los que grabaran en la retina de los recuerdos más hermosos, aquel rostro, aquel momento. 

Me arrodillé un instante, la miré queda, tranquilamente, y medio pudorosa, medio arrebolada, desgrané poco a poco ante Ella, silenciosamente, la oración que le suelo rezar a la Pastora cuando le rezo en Sevilla, mi ciudad. 


Me hubiese gustado rezarle un rosario entero, con sus letanías pastoreñas, su “Embeleso de los Cielos” y la Consagración Calasancia. Pero se hacía tarde, y cuando mi compaña miró el reloj y me dio, nerviosa, la hora, no pude más sino salir a escape, so pena de perder el último tren que me llevara a Sevilla de vuelta. El tiempo, en aquel rincón de la calle Sagasta, parecía estar pausado, no correr... ¡pero vaya si corría!. Eran casi las ocho y el tren salía a las \"y diez\", así que no había lugar ni tiempo para demasiadas alharacas. A la carrera para la estación de trenes, siguiendo la línea del mar, para no perdernos. 


Aún fuera de la parroquia, mientras mi amiga, ciertamente mejor orientada que yo, preguntaba -de nuevo- por dónde podríamos acortar para llegar a la estación a tiempo, me fijé en una pequeña ventana que, inserta en la pared de la iglesia, albergaba el altar de una imagen del Pastor Niño, sentado, con un corderito y debajo un letrero que rezaba algo parecido a... 

...Si el que a este lugar llegó 
sin dar limosna se va 
seguro no reparó 
que es mi Madre a quien la da 
y quien la pide soy Yo.


No hubo tiempo para dar la limosna. ...Sin duda, como rezaba la leyenda en la ventanita, no reparé en ello. Quizá ni tan siquiera reparaba en marchar, y cuando lo hube de hacer, no podía ya volver sobre mis pasos. Hubiera perdido el tren... y me hubiera convertido, como en el pasaje bíblico, en una estatua de sal (pero de sal de Cádiz), sin poder volver, de una y otra manera, a mi lugar... es decir: Sevilla. 


Es por esto que escribo estas líneas... pensando que por casualidad, o por providencia... o por Supercable, quién sabe... quizá algún gaditano, o gaditana, termine por leer la presente, y quiera hacerme un gran favor: 


Cuando pasen por la calle Sagasta... lléguense a saludarla... Si está cerrada la puerta de la iglesia, no se apuren... al lado está la de la sacristía que, según me dijo Don José, suele estar abierta o entreabierta. Récenle un Ave María... o al menos un Bendita Sea Tu Pureza, que es más corto... 

Quizá eso valga para saldar esa cuenta de devoción que esta sevillana, que lo siente y que lo es, no obstante dejó pendiente en la Tacita... Al menos hasta que los pasos me guíen de nuevo hasta ese joyero blanco, rematado en porcelana azul, con forma de cáliz volcado hacia abajo, que guarda con celo la más bonita Flor que vi en mi viaje a Cádiz: la Divina Pastora de la calle Sagasta.

Laura Moya

Sevilla, Febrero de 2008